La soberanía no reside en el gobierno, sino en la Nación
En tiempos de confusión política, discursos emotivos y promesas grandilocuentes, hay un documento que muchos mencionan, pocos leen y casi nadie defiende con la seriedad que merece: la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. No es un texto simbólico ni una reliquia jurídica; es el pacto fundamental que define qué es el Estado, hasta dónde puede llegar el poder y, sobre todo, quién es el verdadero soberano: el pueblo.
La soberanía no reside en el gobierno, sino en la Nación
La Constitución es clara y contundente. En su Artículo 39, establece sin ambigüedades que:
La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste.
Este artículo no es retórico. Es una afirmación política radical: ningún gobierno, partido, líder o ideología está por encima de la voluntad nacional. El pueblo no delega su dignidad, solo delega funciones. Y cuando esas funciones se traicionan, el pueblo conserva el derecho de reformar, modificar o cambiar la forma de su gobierno.
Esto significa algo incómodo para el poder:
👉 La legitimidad no es eterna.
👉 La obediencia no es ciega.
👉 La Constitución no es negociable por conveniencia política.
Ignorar la Constitución es el primer paso hacia el autoritarismo
La historia lo demuestra —en México y en el mundo—: cuando una sociedad deja de conocer su Constitución, otros comienzan a reinterpretarla, manipularla o violarla en su nombre. Las reformas apresuradas, los decretos que sustituyen al debate legislativo, la concentración del poder y el desprecio por los contrapesos no surgen de la noche a la mañana; nacen del silencio ciudadano y de la ignorancia jurídica colectiva.
Una ciudadanía que no conoce sus derechos:
No puede defenderlos.
No puede exigir cuentas.
No puede reconocer cuándo el poder ha cruzado la línea.
Conocer la Constitución es un acto de resistencia cívica
Leer la Constitución no es un ejercicio académico: es un acto de responsabilidad moral y política. Es entender:
Qué derechos no pueden ser suspendidos.
Qué límites tiene cada poder del Estado.
Qué mecanismos existen para exigir legalidad.
Qué obligaciones tiene el ciudadano, no solo el gobierno.
Quien conoce la Constitución no se deja engañar fácilmente. No aplaude abusos con justificaciones ideológicas. No confunde popularidad con legalidad. No acepta que “el fin justifica los medios”.
El llamado es claro: investigar, cuestionar y exigir
México no necesita más consignas vacías ni fe ciega en figuras políticas. Necesita ciudadanos informados, críticos y valientes. Personas que investiguen antes de repetir, que exijan antes de obedecer y que recuerden —con base constitucional— que el poder público existe para servir, no para someter.
La Constitución no se defiende sola.
La democracia no se conserva por inercia.
La soberanía no se hereda: se ejerce.
Hoy más que nunca, conocer y defender la Constitución es una forma de amor verdadero a la patria, no desde la emoción, sino desde la razón, la ley y la dignidad del pueblo mexicano 🇲🇽.